¿Es Belén de Judea o San Esteban?
lunes, 14 de enero de 2013
SOCIEDAD · Aunque retrasado en el calendario a causa de la lluvia, San Esteban volvió a organizar su tradicional belén viviente, no en la noche del 25 de diciembre, sino en la tarde del 5 de enero, previo a la cabalgata.
San Esteban de Gormaz tienen una forma original y multitudinaria de felicitar la Navidad: transformar el paraje del Sotillo de la localidad en un pueblo similar a Belén en el año 0, aunque este año, a causa de la lluvia, se trasladó del 25 de diciembre al 5 de enero.
Así, año tras año, desde hace ya 17 ediciones los vecinos de la localidad que se convierten en improvisados actores, recrean el momento del nacimiento de Jesús con un belén viviente que fue pionero en la localidad y donde los propios vecinos interpretan con pasión a cada uno de los personajes de este peculiar belén, que fue pionero en la provincia en representaciones navideñas.
Esa noche, un reparto compuesto por cerca de 80 actores interpretan a todas las familias vivían en el Belén del Nacimiento que marca nuestra era. Cesan los villancicos, las luces descienden lentamente y una especia de encanto envuelve el escenario natural, donde desde hacía semanas, se habían instalados las casas de los diferentes oficios, y el portal de Belén.
Y así, precedidos por antorchas, van entrando a escena los protagonistas: los vecinos de San Esteban, ataviados con trajes de época, y representando a molineros, panaderos, pastores, maestros, castañeros, carpinteros, leñadores, herreros, lavanderas y mesoneros, juntos a ciegos y mendigos que recorrían las calles, en este momento histórico.
Entonces, dulcemente, la voz de Félix Redondo, el narrador de esta edición, va explicando al público que se sitúa en la barbacana del canal del Duero que lo que están viendo es algo similar a lo que contaron los cronistas que anunciaron la llegada al mundo del niño Dios.
Junto a él, también en la parte técnica, Carlos Camarero y José Manuel Fresno, juegan con las luces, para simular amaneceres y marcar la vida diaria de aquel belén que recuerda el poeta. Acompaña cada movimiento la música y el sonido, controlado por Sergio Andrés, que invita a acompasar el ritmo de la función.
Y así, poco a poco, los habitantes de aquel pueblo que era Belén van realizando sus quehaceres. Todos atienden a su prole, los mayores cuidan de los pequeños y los niños acuden a la escuela, donde esperan ansiosos el descanso para calentarse las manos con las ricas castañas que el castañero y su mujer asan con mimo.
Los pastores cuidan de un rebaño de raza ojalada, que demuestra la autenticidad de un belén con sabor de Ribera del Duero, mientras el mesonero lavanderas y cantareras conversan entre pozo y río sobre las últimas novedades de la localidad, en estos días previos a las fiestas navideñas, y a la historia que les aguarda.
Mientras, el carpintero trabaja la madera, ayudado por sus hijos, que buscan la materia prima en casa del leñador. Junto a él, el panadero saca de su horno ricos bollos que ofrecer a los niños y mayores, elaborados con la harina que el molinero conduce por el pueblo a sus espaldas para depositar en su puerta.
Son muchos los que en la fría noche aprovechan para hacer una parada en casa del herrero, quien a golpe de martillo controla su fragua y da forma a las herramientas necesarias para la vida diaria, en una rutina que vigilan los soldados romanos.
Una barca cruza entonces la escena, poco a poco, y suavemente iluminada por un candil, se va a aproximando hasta el centro de la escena, porque no quiere perderse lo más esperado de la función: el momento del nacimiento de Jesús.
Y entonces entran en escena la Virgen y San José, a pie y cansados del viaje, buscan un lugar donde pasar la noche, pero el mesonero le tiene que indicar que no hay sitio en su alojamiento y les invita a que pasen la noche en un establo cercano, donde finalmente se produce el Nacimiento, mientras, un año más, se repite un milagro: compartir unas horas helando los pies, pero “calentando alma y corazón”, como cuenta el narrador y componer una bella estampa navideña que, en ausencia de nieve y adornos, es capaz de buscar la esencia del pueblo sanestebeño: la colaboración.
Así, año tras año, desde hace ya 17 ediciones los vecinos de la localidad que se convierten en improvisados actores, recrean el momento del nacimiento de Jesús con un belén viviente que fue pionero en la localidad y donde los propios vecinos interpretan con pasión a cada uno de los personajes de este peculiar belén, que fue pionero en la provincia en representaciones navideñas.
Esa noche, un reparto compuesto por cerca de 80 actores interpretan a todas las familias vivían en el Belén del Nacimiento que marca nuestra era. Cesan los villancicos, las luces descienden lentamente y una especia de encanto envuelve el escenario natural, donde desde hacía semanas, se habían instalados las casas de los diferentes oficios, y el portal de Belén.
Y así, precedidos por antorchas, van entrando a escena los protagonistas: los vecinos de San Esteban, ataviados con trajes de época, y representando a molineros, panaderos, pastores, maestros, castañeros, carpinteros, leñadores, herreros, lavanderas y mesoneros, juntos a ciegos y mendigos que recorrían las calles, en este momento histórico.
Entonces, dulcemente, la voz de Félix Redondo, el narrador de esta edición, va explicando al público que se sitúa en la barbacana del canal del Duero que lo que están viendo es algo similar a lo que contaron los cronistas que anunciaron la llegada al mundo del niño Dios.
Junto a él, también en la parte técnica, Carlos Camarero y José Manuel Fresno, juegan con las luces, para simular amaneceres y marcar la vida diaria de aquel belén que recuerda el poeta. Acompaña cada movimiento la música y el sonido, controlado por Sergio Andrés, que invita a acompasar el ritmo de la función.
Y así, poco a poco, los habitantes de aquel pueblo que era Belén van realizando sus quehaceres. Todos atienden a su prole, los mayores cuidan de los pequeños y los niños acuden a la escuela, donde esperan ansiosos el descanso para calentarse las manos con las ricas castañas que el castañero y su mujer asan con mimo.
Los pastores cuidan de un rebaño de raza ojalada, que demuestra la autenticidad de un belén con sabor de Ribera del Duero, mientras el mesonero lavanderas y cantareras conversan entre pozo y río sobre las últimas novedades de la localidad, en estos días previos a las fiestas navideñas, y a la historia que les aguarda.
Mientras, el carpintero trabaja la madera, ayudado por sus hijos, que buscan la materia prima en casa del leñador. Junto a él, el panadero saca de su horno ricos bollos que ofrecer a los niños y mayores, elaborados con la harina que el molinero conduce por el pueblo a sus espaldas para depositar en su puerta.
Son muchos los que en la fría noche aprovechan para hacer una parada en casa del herrero, quien a golpe de martillo controla su fragua y da forma a las herramientas necesarias para la vida diaria, en una rutina que vigilan los soldados romanos.
Una barca cruza entonces la escena, poco a poco, y suavemente iluminada por un candil, se va a aproximando hasta el centro de la escena, porque no quiere perderse lo más esperado de la función: el momento del nacimiento de Jesús.
Y entonces entran en escena la Virgen y San José, a pie y cansados del viaje, buscan un lugar donde pasar la noche, pero el mesonero le tiene que indicar que no hay sitio en su alojamiento y les invita a que pasen la noche en un establo cercano, donde finalmente se produce el Nacimiento, mientras, un año más, se repite un milagro: compartir unas horas helando los pies, pero “calentando alma y corazón”, como cuenta el narrador y componer una bella estampa navideña que, en ausencia de nieve y adornos, es capaz de buscar la esencia del pueblo sanestebeño: la colaboración.
Informa Ana Hernando