Una excusa para una fiesta
martes, 18 de diciembre de 2012
SOCIEDAD · Un grupo de sanestebeños recupera la fiesta de la matanza para sobrellevar el invierno, recreando trajes y músicas y disfrutando de un fin de semana gastronómico y una excusa festiva.
La idea surgió al finalizar las fiestas y casi por casualidad: había que hacer algo para mantener la diversión y la buena sintonía del grupo durante todo el inviernos, que como explica uno de los organizadores, «se hace muy largo y duro en estas tierras», y así surgió una matanza.
Pero no una matanza cualquiera, porque ya que se decidían a llevar a cabo este rito lo iba a hacer con imaginación y siendo fieles a la tradición heredada de padres y abuelos, incluyendo la vestimenta o la música que iban a lucir durante la jornada.
Una treintena de sanestebeños recorrieron las calles del pueblo sorprendiendo a sus vecinos. Iban ataviados con trajes antiguos, mandiles, zapatillas como las que lucían los abuelos, trajes de pana y pañuelos al cuello o toquillas sobre los hombros. Desfilaron a primera hora de la jornada por las calles con un cerdo transportado en un carro antiguo y la música de la dulzaina y el tamboril acompañándoles en su paseo.
Los vecinos se preguntaban qué celebraban, pero cuando veían al animal entre las rejas entendía que el sacrificio del porcino era cuestión de horas o de minutos.
Hacían partícipes de su fiesta a cuantos se cruzaban en su camino, y así agasajaron con anís y pastas a los viandantes y les alegraban la mañana al ritmo de música castellana, con la que continuaron su ruta.
Y así regresaban hasta el lugar donde iban a sacrificar al animal y, tal y como hacían sus abuelos, pero siguiendo la actual normativa en lo referente al sacrificio del animal, llevaban a cabo la parte central de la matanza, la muerte del cerdo.
Entre los asistentes, los más pequeños se sorprendían de un proceso que para ellos es una fiesta, y que ven en otros pueblos que han recuperado la matanza como forma de entretenimiento o unión vecinal, mientras su familiares les explican que esa era la mejor forma de garantizar el sustento de sus abuelos.
Con el animal ya muerto y colgado es el momento de colgarlo y esperar a que se oree, como manda la tradición, mientras la muestra de carne se envía al veterinario y dictamina si pueden comerse el fruto de su trabajo.
Mientras, una excusa más para continuar la fiesta, aprovechando el fuego que habían creado para calentarse durante el sacrificio, en el exterior, y alejándose de la zona donde había cubierto de pajas y socarrado al animal, dieron cuenta de un buen almuerzo que, aunque con sabor porcino, todavía no era fruto de su matanza, sino de las provisiones que habían comprado para el fin de semana.
Y así entre trago de porrón y panceta, planificaron el resto de la jornada. Un nuevo paseo por las calles de la localidad amenizó el vermut de los sanestebeños, mientras les explicaban que habían buscado toquillas, mandiles y pañuelos en las arcas de sus antepasados, porque cuando decidieron reunirse durante el invierno para celebrar la matanza, acordaron hacerlo con rigor a la tradición.
Eso sí, todos conjuntados en lo que se refiere a las sayas de las mujeres, que mandaron hacer, o a los pantalones de pana y camisas de cuadros que adquirieron para la ocasión. Lo mismo les pasó con el calzado. Compraron una cómodas zapatillas negras para ellas y de cuadros para ellos, con las que caminaron durante todo el fin de semana, por calles y naves.
A la hora de comer, como todavía no podían degustar el cerdo, habían preparado un caldero guisado por uno de los asistentes.
Así cogían fuerzas porque la tarde del sábado estaban destinada a seguir trabajando, para hacer las populares chanfainas y las morcillas con las que tendrán garantizadas nuevas meriendas.
En la jornada del domingo ya pudieron probar el animal que habían sacrificado con sus propias manos, y picaron la carne para elaborar en la jornada de ayer los chorizos que colgaron para que se curen con este frío invierno.
En mañana dominical también estazaron la carne, para preparar el resto de las partes de un animal del que se aprovechan todas las partes y que ha servido para unir a un grupo, reviviendo la sintonía y el buen hacer.
Pero no una matanza cualquiera, porque ya que se decidían a llevar a cabo este rito lo iba a hacer con imaginación y siendo fieles a la tradición heredada de padres y abuelos, incluyendo la vestimenta o la música que iban a lucir durante la jornada.
Una treintena de sanestebeños recorrieron las calles del pueblo sorprendiendo a sus vecinos. Iban ataviados con trajes antiguos, mandiles, zapatillas como las que lucían los abuelos, trajes de pana y pañuelos al cuello o toquillas sobre los hombros. Desfilaron a primera hora de la jornada por las calles con un cerdo transportado en un carro antiguo y la música de la dulzaina y el tamboril acompañándoles en su paseo.
Los vecinos se preguntaban qué celebraban, pero cuando veían al animal entre las rejas entendía que el sacrificio del porcino era cuestión de horas o de minutos.
Hacían partícipes de su fiesta a cuantos se cruzaban en su camino, y así agasajaron con anís y pastas a los viandantes y les alegraban la mañana al ritmo de música castellana, con la que continuaron su ruta.
Y así regresaban hasta el lugar donde iban a sacrificar al animal y, tal y como hacían sus abuelos, pero siguiendo la actual normativa en lo referente al sacrificio del animal, llevaban a cabo la parte central de la matanza, la muerte del cerdo.
Entre los asistentes, los más pequeños se sorprendían de un proceso que para ellos es una fiesta, y que ven en otros pueblos que han recuperado la matanza como forma de entretenimiento o unión vecinal, mientras su familiares les explican que esa era la mejor forma de garantizar el sustento de sus abuelos.
Con el animal ya muerto y colgado es el momento de colgarlo y esperar a que se oree, como manda la tradición, mientras la muestra de carne se envía al veterinario y dictamina si pueden comerse el fruto de su trabajo.
Mientras, una excusa más para continuar la fiesta, aprovechando el fuego que habían creado para calentarse durante el sacrificio, en el exterior, y alejándose de la zona donde había cubierto de pajas y socarrado al animal, dieron cuenta de un buen almuerzo que, aunque con sabor porcino, todavía no era fruto de su matanza, sino de las provisiones que habían comprado para el fin de semana.
Y así entre trago de porrón y panceta, planificaron el resto de la jornada. Un nuevo paseo por las calles de la localidad amenizó el vermut de los sanestebeños, mientras les explicaban que habían buscado toquillas, mandiles y pañuelos en las arcas de sus antepasados, porque cuando decidieron reunirse durante el invierno para celebrar la matanza, acordaron hacerlo con rigor a la tradición.
Eso sí, todos conjuntados en lo que se refiere a las sayas de las mujeres, que mandaron hacer, o a los pantalones de pana y camisas de cuadros que adquirieron para la ocasión. Lo mismo les pasó con el calzado. Compraron una cómodas zapatillas negras para ellas y de cuadros para ellos, con las que caminaron durante todo el fin de semana, por calles y naves.
A la hora de comer, como todavía no podían degustar el cerdo, habían preparado un caldero guisado por uno de los asistentes.
Así cogían fuerzas porque la tarde del sábado estaban destinada a seguir trabajando, para hacer las populares chanfainas y las morcillas con las que tendrán garantizadas nuevas meriendas.
En la jornada del domingo ya pudieron probar el animal que habían sacrificado con sus propias manos, y picaron la carne para elaborar en la jornada de ayer los chorizos que colgaron para que se curen con este frío invierno.
En mañana dominical también estazaron la carne, para preparar el resto de las partes de un animal del que se aprovechan todas las partes y que ha servido para unir a un grupo, reviviendo la sintonía y el buen hacer.
Informa Ana Hernando