El Huracán cierra febrero con la fiesta de la matanza
lunes, 26 de febrero de 2007
ASOCIACIONES · El Huracán recuperó hace unos 14 años la fiesta de la matanza, para que esta tradición no cayera en el olvido. Entonces todavía no tenían sede y se reunían en la nave de Carmelo Carretero para preparar esta fiesta gastronómica.
Dos años más tarde rehabilitaron la antigua estación de tren y trasladaron sus actividades a este lugar.
Y desde entonces un fin de semana de febrero sirve de excusa para juntarse prácticamente todos y degustar, de distintas formas, tan valioso manjar.
La antigua estación de tren de San Esteban de Gormaz olía el sábado a sabores de cocinas de leña y cerdo chamuscado.
El motivo: la celebración de la matanza del Huracán, que preparaban en su sede, como antaño, al porcino para dar rienda suelta a su apetito.
Un barraco de algo más de 110 kilos fue sacrificado a las manos de unos expertos matarifes, que lo colgaron para airearlo, lo descuartizaron y comenzaron a cocinar todas sus partes: para comerlo entre cerca de 75 comensales, 50 adultos y unos 25 chavales que se chuparon los dedos con tan sabrosos ingredientes.
En la jornada del sábado hubo mucho trabajo, porque a primera hora tuvieron que matar el animal (como se hacía antiguamente) y después preparar la fritanga del alma (pancetas) y del hígado del cerdo para dar un almuerzo a los 25 participantes.
Sorprendidos se habrían quedado los viajeros de un fallecido tren Valladolid-Ariza si al hacer su parada en la villa ribereña hubieran visto, ayer, la laboriosa jornada de unos hombres y mujeres que disfrutan de este trabajo porque es una fiesta que sirve de excusa para unir a todos.
Al buen tinto Ribera del Duero se sumaba el gusto y el saborcillo que deja un buen torrezno, un poco de careta o unas costillitas de cerdo bien asadas sobres las ascuas que envuelven al alimento en sabor a la tierra.
A medida que avanzaba la mañana el número de comensales crecía y a media mañana se dirigían hacia las naves que el Consorcio Diputación-Caja Duero, tiene en la carretera de Atauta, para estudio y cuidado de otro animal emblema de la zona: la oveja de raza ojalada.
Con el animal descuartizado por unos cuantos peñistas y los cocineros con el trabajo hecho los primeros comensales se sentaban en las mesas: los primeros en comer eran los pequeños con un menú de sopa de cocido y lomo de cerdo, más al agrado de los benjamines.
Pero después llegaba el plato fuerte: el menú de los adultos, en el que no faltaba tampoco la sopa, pero donde se comenzaban a degustar nuevas viandas porcinas.
Tras una tarde de juegos para pequeños y mayores, amenizados por la música del grupo folklórico Atalayas, formado por componentes de esta peña, llegaba la hora de la cena, donde no faltaba panceta, careta y buenas partes de un cerdo del que se aprovecha todo.
Como 110 kilos de cerdo dan para mucho, los miembros de esta asociación se volvieron a juntar el domingo para disfrutar de una comida y una merienda.
El menú lo compusieron una caldereta y saborear las morcillas que prepararon en la jornada anterior, trabajando en común y recordando a los que ya saben lo que eran las matanzas que aquello era una fiesta y la demostración del saber hacer en común: una lección que superó con nota El Huracán.
Y desde entonces un fin de semana de febrero sirve de excusa para juntarse prácticamente todos y degustar, de distintas formas, tan valioso manjar.
La antigua estación de tren de San Esteban de Gormaz olía el sábado a sabores de cocinas de leña y cerdo chamuscado.
El motivo: la celebración de la matanza del Huracán, que preparaban en su sede, como antaño, al porcino para dar rienda suelta a su apetito.
Un barraco de algo más de 110 kilos fue sacrificado a las manos de unos expertos matarifes, que lo colgaron para airearlo, lo descuartizaron y comenzaron a cocinar todas sus partes: para comerlo entre cerca de 75 comensales, 50 adultos y unos 25 chavales que se chuparon los dedos con tan sabrosos ingredientes.
En la jornada del sábado hubo mucho trabajo, porque a primera hora tuvieron que matar el animal (como se hacía antiguamente) y después preparar la fritanga del alma (pancetas) y del hígado del cerdo para dar un almuerzo a los 25 participantes.
Sorprendidos se habrían quedado los viajeros de un fallecido tren Valladolid-Ariza si al hacer su parada en la villa ribereña hubieran visto, ayer, la laboriosa jornada de unos hombres y mujeres que disfrutan de este trabajo porque es una fiesta que sirve de excusa para unir a todos.
Al buen tinto Ribera del Duero se sumaba el gusto y el saborcillo que deja un buen torrezno, un poco de careta o unas costillitas de cerdo bien asadas sobres las ascuas que envuelven al alimento en sabor a la tierra.
A medida que avanzaba la mañana el número de comensales crecía y a media mañana se dirigían hacia las naves que el Consorcio Diputación-Caja Duero, tiene en la carretera de Atauta, para estudio y cuidado de otro animal emblema de la zona: la oveja de raza ojalada.
Con el animal descuartizado por unos cuantos peñistas y los cocineros con el trabajo hecho los primeros comensales se sentaban en las mesas: los primeros en comer eran los pequeños con un menú de sopa de cocido y lomo de cerdo, más al agrado de los benjamines.
Pero después llegaba el plato fuerte: el menú de los adultos, en el que no faltaba tampoco la sopa, pero donde se comenzaban a degustar nuevas viandas porcinas.
Tras una tarde de juegos para pequeños y mayores, amenizados por la música del grupo folklórico Atalayas, formado por componentes de esta peña, llegaba la hora de la cena, donde no faltaba panceta, careta y buenas partes de un cerdo del que se aprovecha todo.
Como 110 kilos de cerdo dan para mucho, los miembros de esta asociación se volvieron a juntar el domingo para disfrutar de una comida y una merienda.
El menú lo compusieron una caldereta y saborear las morcillas que prepararon en la jornada anterior, trabajando en común y recordando a los que ya saben lo que eran las matanzas que aquello era una fiesta y la demostración del saber hacer en común: una lección que superó con nota El Huracán.
Informa Ana Hernando